martes, 24 de noviembre de 2015

Islandia, la Tierra tal cual era

Islandia, la Tierra tal cual era

Hay viajes que te llevan a conocer de verdad el planeta en el que vives. Lugares donde escuchas respirar al suelo que pisas, ves avanzar una alfombra de hielo procedente de grandes glaciares y piensas en erupciones volcánicas más de lo normal. Son incursiones a la geografía terrestre en todo su esplendor. Y en las que te das cuenta que algún día la Tierra fue así, se creó así. Ese viaje es Islandia, un país que se abre entre placas tectónicas, el musgo se apodera de campos de lava infinitos y las fumarolas se convierten en las improvisadas chimeneas de los elfos. 


ISLANDIA, UN PUNTO CALIENTE DEL GLOBO


Islandia es una maravilla geológica en su máxima magnitud. No deja de moverse, de crecer. En definitiva, de crearse una y otra vez. Basta con escuchar las noticias y aprender nombres eternos de volcanes que escupen lava e interrumpen el tráfico aéreo (¿Recordáis el Eyjafjallajökull ?). Basta con leer sobre el país y comprender que no sólo se sitúa a un paso del Ártico en la división de las placas americana y euroasiática sino que también es uno de los puntos más calientes de la Tierra. 

EN ISLANDIA SIEMPRE SE APRENDE


He visto romperse grandes témpanos de hielo, he oído cómo cruje un glaciar, me he bañado en una poza de agua caliente mientras estaba nevando y he asistido a la llegada primaveral de cientos de frailecillos que se apoderaban de los acantilados. También, y es que todo hay que decirlo, me las he visto y deseado para avanzar en el norte sin quedarme tirado por un temporal con tormenta de nieve incluida y vientos que cortaban la piel. Pero eso fue parte del reto, del aprendizaje. Islandia no es un viaje idílico. En Islandia, como en todas partes, existen los contratiempos, los instantes inesperados que nos llegan a exasperar y, por supuesto, las sorpresas positivas que nos regalan algo que ni habíamos imaginado. Son cosas relacionadas con depender de la naturaleza y en las que, por fortuna, el ser humano no ha podido meter mano todavía.

ISLANDIA, PAISAJE DE PAISAJES


Islandia abruma con su paisaje en bruto, tan hecho a sí mismo que resulta imponente hasta el extremo. Hay cascadas por doquier, algunas de ellas con un caudal sobrenatural, con una posición que ni el mejor de los genios sería capaz de imaginar por sí mismo. En ocasiones te ilustran con un doble arcoíris, una pared de columnas tan irreal como incomprensible o incluso se congelan convirtiendo el agua en picos helados aferrados a una montaña en la que siempre es invierno. Gullfoss, Skógafoss, Seljalandsfoss, Godafoss o Svartifoss son nombres que debería conocer todo viajero que llegue a Islandia y sea de difícil emoción. Frente a ellas el mismísimo lobo feroz termina convirtiéndose en la tierna Caperucita Roja. Y la Señorita Rottenmeier puede llegar a parecerse a Copito de nieve.

He dado la vuelta al país en el sentido de las agujas del reloj con un coche de alquiler que conseguí, junto al vuelo y los hospedajes, gracias a Island Tours y la opción llamada “A su aire” en la que he tenido completa libertad para viajar pero donde he dejado varias cosas cerradas antes de partir. En Islandia cierta planificación (y antelación) tiene premio, sobre todo cuando se aproxima la temporada alta y las plazas hoteleras (o hasta del albergue más rancio que te puedas echar a la cara) menguan de la noche a la mañana. Con asesoramiento y muchos consejos terminé dibujando un viaje a Islandia en el que he tratado de mezclar la improvisación con ciertos toques de previsión. En el término medio está la virtud. Y más en un país en el que en una hora puede hacer sol, ponerse a nevar con ansia, venir una fuerte ventisca y volver a despejarse.



Fuente: http://www.elrincondesele.com/viaje-islandia-la-tierra-tal-cual-era/

La Navidad de París

La Navidad de París

Tengo que reconocer que a París la Navidad le sienta fenomenal. Una capa de color, música y algarabía alegre maquilla la sobriedad y señorío de fachadas y aceras de la capital francesa. Es como si se dibujara una sonrisa que hiciera de puente entre las orillas del Sena y la Torre Eiffel se erigiera en ocasional abeto navideño para los parisinos y los muchos turistas que se reúnen junto a ella. La ciudad agranda tres tallas su chaqueta y hace sonar las campanillas, mientras que miles de guirnaldas, estrellas y luces de colores van de la mano de la ilusión y esperanza de quienes todavía sienten algo especial en uns fechas tan señaladas. París se viste de Navidad, y lo hace manteniendo por completo esa elegancia y exclusividad que le caracteriza.




París bien vale una Navidad


Hermosa, deslumbrante, luminosa y, sobre todo, mucho más cercana. Ya se sabe que París es como una dama muy coqueta que te mira siempre por encima del hombro a sabiendas de ese halo de inaccesibilidad que deja entrever. Pero en Navidad parece agacharse un poco más y dar la mano a las gentes que buscan algo distinto de ella en sus gélidas mañanas de invierno. 

Surgen numerosos mercados navideños, las calles se visten de fiesta con su coronación en luz, resurgen los tiovivos y las pistas de patinaje. Huele a comida recién hecha y al vino caliente que tanto gusta tomar en frío a sus compatriotas los alsacianos. Pero sigue siendo París, ese regalo perfectamente envuelto en una caja que te cuesta abrirla para no estropearla. Tiene tanto que ofrecer, tantos rincones en los que vivir un Cuento de Navidad, que parece haberse erigido definitivamente como una de las ciudades del mundo más recomendables para vivir las Fiestas.



Fuente: http://www.elrincondesele.com/recomendaciones-paris-navidad/






lunes, 23 de noviembre de 2015

Durmiendo en un monasterio

Durmiendo en un monasterio

El Monasterio de Piedra esta situado en Nuévalos ¿Y eso dónde es?, queda en Calatayud...¿aún no te ubicas? en la provincia de Zaragoza, en la comunidad autónoma de Aragón…¿necesitas más información? pues en España.



Apenas llegar hicimos una visita express por las instalaciones. El Monasterio fue fundado en 1194  por trece Monjes Cistercienses. ¿Qué? es que aún no sé si somos capaces de imaginar el año 1194 y mucho menos de imaginar a los Monjes Cistercienses en este Monasterio. Vamos a ponernos en contexto: estamos en el año 2013, nosotros llegamos al mundo sobre el año 1980, nuestros padres nacieron en el 1952, nuestros abuelos en 1930, nuestros bisabuelos sobre el 1910 y a eso ¿hay que restarle casi 800 años?. Si, fue ahí cuando comenzó esta historia. Es momento de asombro y de darnos cuenta del valor histórico del lugar. Para nuestra suerte imaginar a los monjes fue más fácil gracias a la representación de tres Monjes de cera en uno de los rincones del Claustro.

Los Monjes vivieron 650 años en este lugar, no hay Monjes desde 1835 por varias razones pero vamos a resumirlo porque no es la idea dar una clase de historia. Fue expropiado y subastado porque el Estado necesitaba dinero y Punto Pelota. Es aquí donde vivimos la experiencia de dormir, comer, beber y disfrutar de este entorno tan mágico.

El Monasterio es un lugar silencioso, ideal para descansar de la agitada vida de la ciudad, de olvidarse de los relojes, del bullicio y tomar contacto directo con la naturaleza y porque no también, con uno mismo.

Caminamos por sus largos pasillos, les aseguramos que son largos…cenamos en el restaurante “Reyes de Aragón” con la mejor compañía. Tomamos unos vinos en el bar “El Granero” y nos fuimos a dormir.

La habitaciones son celdas remodeladas, y antes dormitorios de los monjes. Ya estábamos acostados y nos hicimos la misma pregunta que nos hacemos en estos casos: ¿te das cuenta dónde estamos?… algún monje estuvo rezando aquí, realizando algún canto religioso y durmiendo aquí mismo. Mientras tanto en la TV pantalla plana se veía el resumen del Barça-Madrid.


Fuente: http://unmundodeexperiencias.com/